martes, 22 de agosto de 2017

Sanavirones: etnicidad o condición social

La organización de la fuerza laboral indígena en torno al sistema de la encomienda y el servicio personal permitieron despuntar la actividad productiva de la hacienda y el obraje feudatario a partir del siglo XVI, cuya instrumentalización constituyó uno de los dispositivos de dominación más efectivos del poder colonial, que ejerció presión sobre los estratos sociales más vulnerables del sistema corporativo encomendero.  Lo indígena se define precisamente a partir de su condición de subalternidad. [Ver "Después de las desnaturalizaciones..." Lorena Rodríguez, 2008]
Sin embargo, los efectos que produce el ejercicio del poder dentro del dominio territorial que ocupa el espacio colonial, permiten observar cierta flexibilización en los modos de reciprocidad intercultural, donde constantemente se redefinen los espacios de inclusión o exclusión social, y que exceden el binomio que construye el patrón de subalternidad entre peninsulares opresores e indígenas oprimidos. Es decir, el poder no solamente se ejerce desde arriba hacia abajo, sino que la hegemonía cultural atraviesa indiscriminadamente todas las capas de la estratificación social, donde se puede visibilizar una serie de estrategias, tanto colectivas como individuales, tendientes a disputar o sencillamente ocupar aquellos espacios de dominio simbólicos que subyacen en el entramado social mestizo o hispano-indígena, y que se sincretizan bajo una interfaz de enunciados, prácticas y discursos (tecnologías del poder) que se practican consuetudinariamente, y que determina la condición social de los individuos dentro de la territorialidad del espacio colonial.
La preocupación por comprender desde una perspectiva etnohistórica las dinámicas culturales en el antiguo Tucumán, conllevó a partir de la década de los ochenta a la elaboración de una serie de hipótesis propuestas por Ana María Lorandi, en torno a las relaciones de poder que se suscitaron entre sociedades indígenas e hispano-criollas, donde los procesos de etnogénesis propiciaron las condiciones sociales para revolucionar la actividad productiva prehispánica en torno al sistema de la encomienda, cooptando y capacitando la mano de obra indígena local para las nuevas actividades mercantiles bajo condiciones de servidumbre en beneficio de la clase encomendera. La explotación compulsiva del servicio personal se tradujo en la mercantilización del tributo indígena, excluyendo a la inmensa mayoría del campesinado rural indígena de toda participación monetaria dentro del circuito de la economía minera.
Basta con pensar que los mecanismos de coacción a los que fueron sometidas las poblaciones indígenas del Tucumán, constituyen para Lorandi uno de los elementos diagnósticos que persisten a lo largo de todo el proceso de desestructuración de las comunidades originarias, sugiriendo que las consecuencias bajo condiciones de opresión no permitieron resquicios para la reproducción social y material de estas comunidades.
Así mismo, el marco normativo y jurídico que se aplicó en el Tucumán colonial se caracterizó fundamentalmente por su omnipresencia y su carácter especulativo, carente de formalismo y transparencia procesal, dado que el ejercicio real del poder estaba condicionado por las costumbres de los cabildos locales y la constante violación al usufructo del servicio personal indígena. Partiendo de una vocación profundamente antropológica, Ana María Lorandi interpela los mecanismos de subjetivación que reproducen las trayectorias particulares de la sociedad hispano-criolla del Tucumán colonial, identificando de ese modo su statu quo per se: es decir, su relativa condición de marginalidad con respecto a los grandes centros del poder peninsular. Este punto resulta sumamente importante, dado que Lorandi instala a partir de entonces la idea de que los factores desestructurantes que sufrieron las sociedades indígenas del Tucumán deben ser analizados bajo la perspectiva de su condición geopolítica en particular.
Desde los tiempos prehispánicos las sociedades aborígenes del Tucumán desarrollaron estrategias de subsistencia basadas en la complementariedad de los recursos económicos, tanto productivos como extractivos. Las descripciones etnográficas que retratan los documentos coloniales, dan cuenta sobre los procesos económicos en torno a la recolección como sustento diario de las comunidades originarias. Sin embargo, podemos presumir que las circunstancias coloniales imperantes, que modificaron sustancialmente los hábitos de reproducción social (superposición de obligaciones impuestas por el servicio personal), hayan restringido su capacidad para generar excedentes que antiguamente satisfacían los modos de consumo prehispánico. Dicha circunstancia pudo traducirse en una intensificación de la recolección de grandes volúmenes de algarroba para “subsidiar” la alimentación de los indígenas bajo condiciones de servidumbre. La normativización del servicio personal y la regulación del tiempo destinado a la cosecha de la algarroba por las ordenanzas de Abreu en 1576, puede ser un ejemplo claro sobre las consecuencias que impactaron en los procesos de desestructuración aborígenes. 
Según un informante de la expedición de Diego de Rojas, al promediar el siglo XVI las poblaciones prehispánicas de la llanura oriental tucumano-santiagueña podían recoger hasta tres cosechas de maíz en el año, beneficiados por el desborde de los ríos que encausaban para represar el agua artificialmente. Sin embargo, la alternancia de episodios húmedos seguidos de períodos más secos, debió resentir significativamente sus capacidades de abastecimiento, basadas en la práctica de una horticultura fuertemente dependiente de las condiciones pluviométricas estacionales. Por otra parte, es preciso remarcar que las fuentes etnohistóricas asocian indiscutiblemente la recolección de la algarroba con la ingesta de aloja, elaborada para celebrar sus juntas y borracheras. Sin bien existen documentos informando que estos indios para subsistir se sustentan de grandísima algarroba, todos estos testimonios retratan un contexto etnográfico en proceso de desestructuración, por lo que no sería erróneo suponer que la intensificación de su recolección para alimentar a la población indígena, vaya aparejada con la incorporación compulsiva del servicio personal durante el período hispano-indígena.
Sin embargo, pese a las circunstancias imperantes que vulneraron las capacidades de reproducción social indígenas, la sociedad colonial deja entrever ciertos márgenes que a primera vista parecen incongruentes, pero que no obstante, permiten indagar sobre ciertas cuestiones en torno a la construcción y la percepción del imaginario social dentro del espacio tucumano-santiagueño. Por un lado, la presencia de indios forasteros libres cobra preponderancia a lo largo del siglo XVI, donde la documentación ha podido identificar el itinerario de sus trayectorias individuales, observando que la asimilación y la incorporación de los valores hegemónicos del poder feudatario local les permite ocupar ciertos espacios de dominio simbólico pese a su condición de aboriginalidad, lo que indudablemente no parece haber constituido un impedimento para usufructuar de un estatus patrimonial del que incluso otros españoles nunca lograron alcanzar [ver “Indio libre y rico, en la vecindad de Córdoba del año 1584” en “Indígenas y conquistadores de Córdoba”, Aníbal Montes. Isquitipe, 2008].
Dentro de esta perspectiva metodológica, la figura social que ocupa el indígena dentro del sistema feudatario encomendero muestra una heterogeneidad de posibilidades, que refuerzan la idea de que las pautas de interculturalidad entre colonizados y colonizadores son el resultado de una construcción social, sin por ello desconocer su carácter asimétrico, en el que la hegemonía cultural que instala el orden peninsular no solo consolida, sino que también resignifica aquellos patrones de discriminación social de acuerdo a pautas etno-culturales que preceden incluso a la colonización española.
Analizando a grandes rasgos el comportamiento de las sociedades indígenas a los largo del siglo XVI dentro del ámbito meridional sur andino, observamos que los mecanismos de adaptación a las nuevas circunstancias imperantes, precedentes a las reformas toledanas, conllevan a una escisión de los lazos comunitarios, a las grandes movilizaciones poblacionales que cambian la cartografía socioétnica de la altiplanicie puneña, concentrándose grandes contingentes de población migrante alrededor de los centros mineros y los valles orientales cochabambinos. Y una tendencia creciente a prescindir de una identidad comunitaria u originaria para travestir su condición social bajo una clasificación tan ambigua como la del yanacona, que la documentación colonial del período destaca por su preocupación ante el notable ascenso de este grupo social.
El yanaconazgo ha sido analizado por Josep Barnadas fundamentalmente como un fenómeno de movilidad social, posibilitado por un contexto político y económico motivado no solo por el ritmo sostenido a partir de 1545 del extractivismo minero potosino, sino también por los efectos catastróficos de las guerras pizarristas, que llevaron al borde de la inanición a las sociedades aborígenes altiplánicas. El período comprendido entre 1550-1570 reconfigurará el escenario social del espacio charqueño, observándose un aumento en la tasa de la mano de obra indígena libre que se recluta voluntariamente alrededor de la ceja de selva, precisamente allí donde los emprendimientos agrícola-ganaderos del sector propietario no encomendero emergen junto con el sector minero, disputando el acceso a la mano de obra indígena que pretenden acaparar los encomenderos con la perpetuidad del servicio personal. Lo interesante del caso es que la deserción de la vida comunitaria conlleva a la liberación de las obligaciones impositivas de las que son susceptibles de exacción los hatun runa, miembros del ayllu, unidad censal que organiza la actividad tributaria de la administración colonial.
En este contexto de desestructuración, hablar de sanavirones en un espacio marginal dentro del territorio colonial como lo fue el Tucumán, implica someter bajo interrogación un conjunto de saberes y enunciados que la disciplina historiográfica terminó por constituir como una entidad etnográfica no arqueológica
El fenómeno sanavirón, puesto bajo la observación de los efectos de la dominación colonial, permite visibilizar aquellos mecanismos de asimilación o aculturación social de las pautas hegemónicas peninsulares para subvertir la condición social de hatun runa.
Quizás uno de los aspectos menos estudiados sobre el tema, corresponda al análisis sobre la condición social de yana que ocuparon indios sanavirones durante el proceso de colonización en las sierras cordobesas. En este sentido, Josefina Piana en su libro “Los indígenas de Córdoba bajo el régimen colonial 1570-1620” propone varias líneas de investigación que merecen por sí mismas un estudio monográfico pormenorizado. En una de ellas, sugiere la participación de indios sanavirones como agentes intermediarios en la resolución de conflictos hispano-indígenas, quienes colaboraron como intérpretes ante los escribanos notariales.
La inestabilidad que presenta el etnónimo sanavirón para discriminar patrones de interculturalidad entre las sociedades indígenas de las Sierras Centrales, motivó a que los primeros estudios etnográficos o “protohistóricos” de principios del siglo XX priorizaran la toponomástica para identificar su filiación étnica y remarcar las diferencias raciales que separaban al grupo advenedizo de aquellos originarios que se denominaron comechingones, a partir de las descripciones que suscitan los documentos de la conquista.
En principio, la supuesta intrusión de poblaciones procedentes del sudoeste de la cuenca aluvial santiagueña en el territorio cordobés se habría extendido, pocos años antes de la llegada de los españoles, sobre el eje longitudinal del piedemonte oriental  serrano. La presencia de la toponimia y la onomástica sanavirona quedó registrada desde temprano a partir de la fundación de la jurisdicción en 1573, a través del reparto de encomiendas en cuyas cédulas aparecen los apellidos de los caciques con sus pueblos, muchos de ellos vertidos a la lengua sanavirona. Esta circunstancia llevó a considerar la idea de que el predominio del topónimo sacate fue la consecuencia de una penetración motivada por la presión que ejercieron hordas chiriguanas sobre grupos sedentarizados de la mesopotamia santiagueña.
Con posterioridad, Eduardo Berberian y Beatriz Bixio han relativizado la idea de considerar a la lengua sanavirona como una entidad étnica y territorial, proponiendo la posibilidad de pensar que estas identidades etnográficas fuesen asignadas por los mismos españoles. En consonancia con esta línea de investigación, González Navarro [ver “Autoridades étnicas en un contexto de desestructuración...”, 2009] retoma el problema, advirtiendo a partir de una cuidadosa lectura de los archivos judiciales, que la organización política de las entidades adscriptas al grupo sanaviron revela ciertas particularidades que difieren respecto al grupo comechingón, y que se manifiestan explícitamente en la dimisión de pleitos por la superposición de mercedes y títulos de encomienda:

[En términos generales se advierte en el área de planicies orientales una menor frecuencia de conflictos prehispánicos acompañada por una escasa fragmentación política, lo cual se correspondió, durante el periodo colonial, con una más limitada presencia de conflictos por tierras o por encomiendas. Según analizamos en contribuciones anteriores (González Navarro, 2002,2005), la mayor concentración de pleitos judiciales por la posesión de encomiendas se ubica  en el área serrana, donde continuamente las partes indican las dificultades para precisar los límites de las encomiendas debido a la fragmentación de los pueblos][Este fenómeno no se repite de la misma manera en el área de planicies donde la apropiación del espacio y de las personas bajo la figura jurídica de la encomienda, se habría dado de forma más aceitada y sin conflicto entre españoles]”

Curiosa reflexión que indudablemente nos lleva a interrogarnos sobre los vínculos de subordinación y reciprocidad que pudo establecerse entre feudatarios y sanavirones. Si la menor frecuencia de conflictos por tierras o títulos de encomienda se da preferentemente entre indios sanavirones, quizás haya que prestar más atención a los métodos de apropiación y reparto del territorio del que se benefició el sector feudatario cordobés, donde podemos observar que varios vecinos pueden ser titulares de una misma encomienda como la de Cavisacate (actual localidad de Villa del Totoral), de indudable filiación sanavirona, sin que por ello se genere conflicto alguno entre las partes que dirimen el reparto de las tierras no usufructuadas por sus propios indios [ver “Libro de mercedes de tierras de Córdoba...”, con fecha 22 de marzo de 1576].
Por otra parte, la arqueología de las Sierras Centrales no ha podido determinar o aislar un patrón estilístico que permita discriminar una cultura material propiamente sanavirona, aunque las colecciones arqueológicas recolectadas en el norte cordobés suelen identificar la presencia de alfarería rústica de filiación santiagueña. Más bien, lo que el registro arqueológico demuestra en líneas generales es una tendencia a homogeneizar los modos de reproducción social que desarrollaron las sociedades indígenas de las Sierras Centrales. Nuevas interpretaciones analizadas desde la disciplina antropológica coinciden en destacar que los procesos sociales desarrollados durante el Período Prehispánico Tardío en la región provocaron un colapso en los modos de reproducción tradicionales, y esta circunstancia se reflejó tanto en una intensificación de la explotación de los recursos naturales (Laguens), como en una mayor presencia de los conflictos interétnicos en el noroccidente serrano por la disputa de los escasos recursos hídricos (Pastor).

Sin dudas, en el estado actual del conocimiento que se tiene sobre las sociedades indígenas de las Sierras Centrales, hablar de comechingones y sanavirones ya no resulta tan pertinente, si consideramos que la construcción de las cartografías étnicas durante el proceso de la conquista responden más bien a una percepción particular del espacio territorial que le es funcional a la administración colonial. Sin embargo, a partir de estas clasificaciones impuestas es que podemos indagar a través de la documentación otros aspectos que revelan las trayectorias particulares de determinados grupos o sujetos subordinados al poder colonial, y que pese a su condición social subalterna definida por su aboriginalidad, no obstante participan como agentes mestizos o intermediarios, ocupando un papel relevante como intérpretes en la resolución de conflictos hispano-indígenas. 

lunes, 27 de marzo de 2017

Comparación de dos sitios con morteros rupestres en la provincia de Catamarca

La identificación de contextos arqueológicos indígenas en asociación con artefactos de molienda fijas, parece remontarse desde los tiempos precerámicos hasta la culminación de los procesos de agriculturización durante el prehispánico tardío. La presencia de morteros rupestres dentro del territorio argentino excede cualquier tipo de manifestación u horizonte cultural en particular, y dada esta circunstancia es preciso señalar que tanto su difusión como la utilización de dichos instrumentos no constituyen un hecho estático ni mucho menos propio de un período histórico en particular. Con esto queremos decir que donde hay morteros rupestres no necesariamente su presencia se adscribe a sociedades productoras de energía, y a su vez, la reutilización de dichos instrumentos durante los sucesivos procesos de reocupación con posterioridad a lo largo de milenios, pudieron asignarles funciones que primitivamente no eran las que motivaron su construcción. El hecho de aparecer en ambientes naturales diferenciales dentro de un amplio espectro de transición fitogeográfica entre el extremo peripuneño, los valles semiáridos del Centro oeste y el Noroeste argentino, las yungas del oriente y las últimas estribaciones de las Sierras Pampeanas, nos demuestra que los procesos de continuidad sobre ciertas prácticas y manifestaciones rupestres constituyen sin dudas un sustrato “ideológico”, que pareció tener vigencia a lo largo del paleolítico superior, dentro del ámbito meridional subandino.
Uno de los descubrimientos más importantes que ha permitido cronologizar de manera indirecta un contexto precerámico en correspondencia con morteros rupestres, ha sido llevado adelante por las investigaciones de Mariano Gambier(1) durante la década de 1970 en el Dto. Calingasta, hacia el extremo suroeste de la provincia de San Juan. El equipo de investigación logró aislar una cultura que denominó Los Morrillos datada entre el 5900 a 2000 a.C., de tecnología bifacial con especialización en la caza del guanaco, cuyos indicios fueron identificados entre los estratos de ocupación más profundos dentro de un conjunto de tres grutas. Con posterioridad a la ocupación de los Morrillos, sus restos materiales habrían sido sepultados por las sucesivas ocupaciones de otro horizonte cultural denominado Ansilta, que demostró poseer cierto grado de agriculturización tras hallarse rastros de cultígenos entre sus deposiciones. Una vez que se procedió a retirar el material sedimentario, que acumuló un espesor de 1,87 m para el caso de la Gruta N2, se identificó varios bloques de piedra procedentes del techo que se hallaban depositados directamente sobre la roca madre, donde se constató que dichos desprendimientos fueron realizados con anterioridad a cualquier indicio de ocupación humana. Sobre ellos se ejecutó la construcción de varias oquedades que Gambier denominó “piedras tacitas”. El hallazgo fue sorprendente, dado que los morteros se hallaban a unos escasos centímetros por encima de los restos Morrillos, mientras que los restos culturales Ansilta se depositaron sobre las oquedades, inutilizándolas para su posterior instrumentalización como herramientas de molienda. En palabras del autor:


“La altura de los sedimentos desde el piso al techo, alcanzó los 1,87 m, conteniendo los primeros 50 cm a la cultura agropecuaria Ansilta y los restantes 1,20 m a la cultura Morrillos, separadas por una capa de cenizas casi estériles en su parte superficial (…). El gran bloque de piedra de 1,30 m de altura que cerraba el recinto como pared oeste, tenía excavados en su superficie, que es plana, dos morteritos o piedras tacitas que se descubrieron al retirar los 50 cm de sedimentos que cubrían esas rocas, incluidas en el diagrama de la excavación como expansión norte de la cuadrícula C. Los sedimentos con restos agropecuarios ocupaban aún unos 4 cm por debajo del nivel de la piedra. Por debajo de estos, una capa de cenizas señalaba el límite con los sedimentos con restos Morrillos. Desde los 80 cm de profundidad los sedimentos de color gris claro estaban depositados hasta 12 cm antes de llegar al piso de roca (…). Por lo general los restos Morrillos se encuentran separados de los restos agropecuarios Ansilta por capas de cenizas de, por lo menos, 10 cm de espesor. La reiteración en todos los sitios microestratigrafiados de esta gruta de las capas de cenizas extendidas de manera mantiforme, permiten suponer quemas intencionales realizadas por los ocupantes inmediatamente posteriores antes de la nueva ocupación”.



Mariano Gambier: “La cultura de los Morrillos”


Si bien la presencia de morteros rupestres fijos constituyen para la arqueología elementos diagnósticos que los asocian directamente con el desarrollo de sociedades productoras de energía, basta constatar que en localidades arqueológicas como la provincia de Córdoba los procesos de agriculturización no desarrollaron estrategias de sustentabilidad en base a la producción de alimentos, sino que la economía de subsistencia continuó con los tradicionales modos de vida cazador-recolector(2), desarrollándose a partir del año 500 d.C. una insipiente actividad agrícola en base a la distribución de pequeñas chacras de cultivo extensivo, diseminadas en el fondo de los valles(3), y cuya complementariedad perduró hasta el contacto hispano-indígena. En 1925 Francisco de Aparicio menciona en un fascículo publicado por los Anales de la Sociedad Argentina de Estudios Geográficos sus impresiones con respecto a la enorme distribución de sitios en la serranía cordobesa con presencia de morteros rupestres, remarcando su excepcionalidad con respecto a otras localidades arqueológicas:


“Restos de esta clase abundan en toda la región montañosa de nuestro país, desde Mendoza y San Luís hasta la Puna de Atacama, y han sido señalados por nuestros autores, pero en el antiguo asiento de los comechingones encuéntranse en cantidad realmente extraordinaria, contándose por centenares en áreas de terreno relativamente poco extensas”.


Si bien la ciencia arqueológica puede recurrir a fuentes históricas u otras disciplinas como la etnografía para complementar datos que el registro arqueológico invisibiliza, ¿acaso es posible argüir conclusiones a partir de la prospección de estas oquedades (que se suponen destinadas a la molienda), mediante la comparación análoga en base a datos etnográficos como los relevados por Aparicio?:


“Los criollos de la provincia de Córdoba utilizan, aún hoy, buen golpe de estos morteros para su molienda, eligiendo por lo general la proximidad de uno de ellos antes de emplazar una nueva morada”.


Suponemos que la reutilización por parte de las poblaciones criollas de principios del siglo XX, en cierta medida, resignificaron los modos de uso prehispánico apropiándose del instrumental lítico desechado en el interior de la campaña. Por lo tanto, es muy probable que los modos de percepción de la población rural hayan identificado, por su significativa aproximación morfológica, a los instrumentos de molienda portátiles con las oquedades excavadas próximas a los cursos fluviales, distorsionado de algún modo su funcionalidad original. El  registro etnográfico no hace otra cosa que reproducir esa distorsión a partir del testimonio de sociedades campesinas, que en el transcurso de tres siglos, los procesos de mestización y migración interna de la población ha roto su vínculo ancestral con las poblaciones originarias prehispánicas de Córdoba. Si bien nuestra hipótesis no se trata más que de una especulación, consideramos nuestra reflexión como una posibilidad más de interpretación que nos lleva a reflexionar sobre la funcionalidad de estos instrumentos tan controversiales para el análisis arqueológico.  


Río Belén y Alto Ancasti, provincia de Catamarca




La ciudad de Belén es la cabecera del departamento homónimo, ubicada en los valles semiáridos occidentales de la provincia de Catamarca, cuyos sitios arqueológicos demuestran una continuidad de ocupación prehispánica de por lo menos tres milenios. Sin embargo, estudios recientes han revelado la presencia intermitente de poblaciones paleolíticas por el hallazgo de una punta de proyectil cola de pescado y otras lanceoladas recolectadas en superficie, corroborando el paso de bandas capturadoras de energía a lo largo del corredor valliserrano dentro de un espacio de transición con el borde puneño. El sitio Laguna Blanca marca un hito de interrogación con respecto a las relaciones de movilidad e intercambio entre poblaciones procedentes del occidente catamarqueño con el norte semiárido de Chile(4). Las condiciones climáticas que determinan el actual paisaje pudieron no ser las mismas hace unos 1000 años atrás, donde estudios relacionados a variables ambientales efectuados en el valle de El Bolsón (Dto. De Belén), corroboraron la presencia de temperaturas más cálidas y húmedas con anterioridad al 1275 DC(5). A partir de entonces se inicia un proceso de degradación en la capacidad de carga del medio ambiente, tras imperar condiciones climáticas de extrema aridez hasta alcanzar las características actuales. El sitio consta de dos aleros ubicados en el borde de una quebrada sobre la margen oriental del río Belén, alrededor de los 1255 m.s.n.m. [Imagen 1, 2, 3, 4, 5, 6 y 7]. La cuenca del río se precipita sobre un extenso bolsón y allí desaparece, por lo que las condiciones de aridez resultan extremas y desfavorables para el desarrollo de la vida. El escaso afluente es aprovechado mediante la contención de una represa que abastece de agua a la ciudad. Observando la imagen, es posible apreciar que el diámetro de extensión que separa ambas márgenes fluviales debió superar ampliamente en el pasado su actual caudal, por lo que las condiciones de humedad efectivamente fueron mucho más benignas que en la actualidad. Visto en perspectiva, el ambiente sobre el que se inscriben estos morteros difiere notablemente de otro sitio relevado dentro de la provincia de Catamarca, ubicado en la localidad de Anquincila. Se trata de una población asentada en las sierras de Ancasti, en el límite con la provincia de Santiago del Estero. Pertenece a los bosques subtropicales del flanco oriental subandino, caracterizada por su exuberante vegetación y alta concentración de humedad. Los morteros ubicados sobre el río Anquincila, a una altitud media de 1003 m.s.n.m., se disponen sobre afloramientos rocosos, y que a diferencia de los relevados en el río Belén, estos se encuentran a cielo abierto próximos al curso fluvial [Imagen 8, 9, 10, 11 y 12]. Su disposición y el entorno en el que se circunscriben tienen mayor similitud con los morteros de la provincia de Córdoba, pese a que el contexto Formativo en el que se desarrollaron las sociedades originarias del valle de Ambato y el Alto Ancasti adscriptas al horizonte Condorhuasi, Ciénaga-Alamito y posteriormente Aguada no aparece representado en el registro arqueológico de las sierras de Córdoba. Por lo que, a nuestro entender, estos morteros podrían pertenecer a un estrato cultural precerámico en correspondencia con poblaciones arcaicas que tuvieron un amplio margen de dispersión territorial, aunque no descartamos su reutilización con posterioridad en tiempos neolíticos.  
En base a todo lo descrito con anterioridad, cabe preguntarse: ¿qué circunstancias motivaron la aparición de los morteros rupestres, si es que ellos surgieron hacia los confines del paleolítico superior?; ¿qué motivó dicha difusión a lo largo del eje trasandino sobre ambas vertientes de la cordillera? Creemos que ellos surgen dentro de un contexto paleocazador, donde los procesos de diferenciación social no estaban del todo aun consensuados, o al menos no constituían barreras difíciles de franquear. Sin embargo, su presencia a lo largo del neolítico constituye la supervivencia de un estrato epistemológico que subyace y perdura pese a los cambios tecnológicos y la impronta cultural que determinará las distintas entidades socio-étnicas hasta la conquista española.



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Bibliografía

1 Mariano Gambier: “La cultura de los Morrillos”, Instituto de Investigaciones arqueológicas y Museo, Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes Universidad Nacional de San Juan, año 1985.
2 Andrés Laguens y Mirta Bonnin: “Sociedades indígenas de las Sierras Centrales, arqueología de Córdoba y San Luis”. Universidad Nacional de Córdoba, año 2012.
3 Matías E. Medina y Sebastián Pastor: “Chacras dispersas. Una aproximación etnográfica y arqueológica al estudio de la agricultura prehispánica en la región serrana de Córdoba”; en Comechingonia revista de arqueología, año 2006.
4 Daniel D. Delfino: “Prospecciones en los 90: Nuevas evidencias para repensar la arqueología de Laguna Blanca (Depto. Belén, Catamarca)”. Revista de Ciencia y Técnica, Vol. 6, Num. 7, año 1999.
5 Ana Soledad Meléndez: “Ocupaciones humanas y paleoambiente en la cuenca inferior del río El Bolsón (Dpto. Belén, Catamarca). Una aproximación desde la geoarqueología”. Universidad Nacional de Catamarca, año 2015.





jueves, 12 de mayo de 2016

Comparación de dos sitios con petrograbados: Los Colorados (prov. de La Rioja) y San Buenaventura (Prov. de Córdoba).



En este informe analizaremos dos sitios con representación de arte rupestre: Los Colorados (provincia de La Rioja) y Piedra Pintada de San Buenaventura (provincia de Córdoba), ambos distantes a unos 340 km aproximadamente. A partir de ellos, indagaremos sobre la compatibilidad de los motivos tanto figurativos como abstractos que se repiten entre los distintos soportes líticos estudiados, sus técnicas de ejecución (principalmente mediante picado regular discontinuo y abradido) y su posible vinculación con grupos humanos de alta movilidad y dispersión poblacional que han dejado testimonio de su paso por los sitios a través del grabado rupestre, probablemente durante los intervalos de exploración y colonización del territorio, avanzando sobre extensas áreas de características ambientales diferentes. Por otro lado, la observación de los motivos permite suponer varios episodios de producción de arte rupestre superpuestos o modificados sobre los mismos soportes a lo largo del tiempo, lo que representa un problema para la arqueología al momento de cronologizarlos, ya que el registro arqueológico recolectado con que se los asocia por lo general suele ser escaso, y al encontrarse en correspondencia con morteros rupestres fijos se los adjudica arbitrariamente a períodos tardíos agroalfareros. De los dos sitios mencionados, solamente el primero se encuentra actualmente en proceso de investigación, aunque la disponibilidad de la información es relativamente escasa y no aporta datos significativos que revele el contexto de producción de los motivos rupestres.


Breve descripción de los sitios

Sitio Los Colorados

Los Colorados, detalle.


Los Colorados forman parte de una extensa localidad arqueológica ubicada en el extremo sur de la Sierra de Velasco en la provincia de La Rioja, que se integra junto con otros sitios vecinos como Palancho, el Parque Nacional Talampaya, la región de los LLanos y el Valle Fértil en Ischigualasto. A partir del análisis de ciertos motivos inscriptos en areniscas sedimentarias, se han incluido estos sitios dentro un área de estudio microrregional que integrarían, según los investigadores, un complejo estilístico de características tipo Aguada y Sanagasta/Angualasto respectivamente (Figura 1). Lo que ubicaría su producción alrededor del período medio y tardío, entre el 600 y el 1500 de nuestra era. Así mismo, esta hipótesis se refuerza por el hallazgo de una urna funeraria en el sitio Los Colorados que contenía los restos de un párvulo, cuya datación del tiesto cerámico por termoluminiscencia obtuvo una antigüedad no menor a los 1000 DC (Figura 2)

Figura 1. Los Colorados: Período tardío Sanagasta/Angualasto

Figura 2. Los Colorados: Urna funeraria sin decoración (1105 DC).

A pesar de la escasa evidencia arqueológica y al momento de intentar cronologizar la producción de petrograbados, la presencia de morteros fijos identificados como sitios de propósitos múltiples para el procesamiento de alimentos, los asocia inevitablemente con sociedades formativas típicos de un estadio agroalfarero, cuya percepción del registro material termina por reducir o sincretizar en un solo período o sustrato socio-cultural tardío, toda la producción petrográfica ejecutada en la misma localidad a lo largo de miles de años. Resulta curioso observar que los espacios de representación rupestre se circunscriben a determinados sitios, sobre los que se constata la superposición de imágenes inscriptas a lo largo del tiempo, conteniendo en un mismo soporte la intervención de varios grupos estilísticos ejecutados un tras otro durante los sucesivos episodios de ocupación, resignificando de este modo los espacios de producción destinados al arte rupestre. Por lo tanto, la confección de morteros fijos puede anteceder o preceder la ejecución de petroglifos y viceversa. Pese a que las condiciones ambientales de tipo semiárdo no favorecen el desarrollo de una agricultura sustentable, y al no hallarse evidencias de ocupación permanente en el sitio Los Colorados, la explicación que el equipo de investigación llevado adelante por el INAPL le asigna a este tipo de instrumentos resulta insatisfactorio. A pesar de todos estos inconvenientes, se pudo reconocer al menos una secuencia de producción entre los petrograbados más antiguos y aquellos ejecutados con posterioridad, a partir de los niveles de coloración en la pátina que contrasta la inscripción de un motivo con el resto del soporte. La información con la que contamos para el estudio de esta localidad, se halla en un informe desarrollado sobre el sitio de Palancho:

“En el sitio Los Colorados, situado a unos 20 km de esta localidad tiene representaciones, en parte, comparables a las de Palancho (…). Entre los afloramientos hay bloques con morteros pero, curiosamente, no se han hallado otros vestigios arqueológicos en superficie. Esta ausencia puede explicarse, en parte, por el efecto de las aguas de lluvias de primavera-verano que bajan de la Sierra de Velasco y que corren entre los afloramientos produciendo el arrastre de materiales y profundas cárcavas (…) [Figura 3]. En la actualidad la fuente de agua permanente más cercana se ubica a unos 4 km de distancia, en una posta abandonada (Casa de Estado) del antiguo Camino Real que unía Patquia con Chilecito. Si bien no se cuenta con información paleoambiental, este dato es significativo ya que apunta a la imposibilidad de un asentamiento a largo plazo en las inmediaciones de la localidad arqueológica



Figura 3. Los Colorados: Erosión por arrastre aluvial del material sedimentario. Probable paleocause.


Sitio de San Buenaventura

Figura 4: Piedra grabada de San Buenaventura

En el paraje de San Buenaventura se conservan los restos de una antigua piedra de composición granítica posicionada en forma horizontal sobre la que se han inscripto motivos figurativos y abstractos, imágenes que se relacionan directamente con el sitio Los Colorados, tanto por la composición de los dibujos como por su técnica de producción (Figura 4). El ambiente reúne las características propias del chaco serrano, dentro de un contexto transicional entre las pampas de altura (Achala y Olaen) y el valle de Punilla (Figura 5). A diferencia de Los Colorados, el paraje de San Buenaventura ofrece condiciones de clima templado, donde los ríos se abastecen de agua permanente, aunque es probable que en la antigüedad el cauce del río Yuspe haya sido de menor afluente, dado que se han detectado morteros rupestres sobre las márgenes del río que permanecen sumergidos, inutilizándolos para su aprovechamiento tratándose de instrumentos destinados a la molienda (Figura 6).

Figura 5. San Buenaventura: Detalle Rio Yuspe.

Figura 6. San Buenaventura: mortero sumergido.


La piedra grabada de San Buenaventura fue expuesta a la dinamitación de una cantera durante la década de 1990, precisamente para la extracción del material con el que se construyó el dique nivelador que abastece de agua a la ciudad de Cosquín. Según el testimonio de vecinos la piedra pintada, como se la conoce, se abría localizado por lo menos cuatro metros por encima del nivel actual, y tras sufrir la explosión de una carga de dinamita ésta se abría deslizado y fracturado, depositándose por encima de la piedra los restos de escoria (Figuras 5 y 6). 

 Figura 5. San Buenaventura: Corte parcial de la fractura.

Figura 6. San Buenaventura: Depósito de escorias alrededor del petroglifo.

En la actualidad el petroglifo sufre la acción erosiva del río Yuspe, que en épocas de creciente produce el inevitable desgaste de su superficie, puliendo los motivos grabados hasta volverlos prácticamente ininteligibles (Figuras 7 y 8). Pese a que el contexto arqueológico ha sido totalmente destruido, se detecta que la elección del sitio para la confección del petroglifo lo ubica preferentemente en la cabecera de una quebrada, desde donde se obtiene un privilegiado punto de vista que permite apreciar la cumbre del cerro Pan de Azúcar, distante a unos 11 km aproximadamente (Figura 9). Cabe destacar además la presencia de morteros fijos excavados en las márgenes del río en proximidad con el sitio, aunque resulta imposible corroborar su correspondencia con la producción de grabado rupestre.

 Figura 7. San Buenaventura: Detalle.

Figura 8. San Buenaventura: Detalle.

Figura 9. San Buenaventura: Al fondo se observa la cumbre del cerro Pan de Azúcar.


Impronta estilística: comparación de motivos

La similitud en la elaboración de algunos grabados contenidos en los distintos soportes analizados permite arriesgar la hipótesis sobre su posible vinculación con grupos con una alta capacidad de movilidad, que habrían retornado periódicamente sobre determinados circuitos de tránsito pedestre, ilustrando a modo de itinerario el recorrido de estas bandas a partir de inscripciones grabadas en determinados sitios, que remitirían a ciertos estereotipos que por determinadas características socio-ambientales se los asociaría con cada uno de ellos. A partir de esta lectura, podemos indagar sobre los procesos de movilidad trashumante y su relación con la producción de petrograbados. Cuesta creer que en tiempos paleolíticos estos lugares hayan servido como catalizadores itinerantes. No obstante, las pruebas se sujetan a la observación de los motivos grabados, y la impronta de determinados signos retratados en ambientes diferenciales marcaría la identificación de grupos humanos con estrategias de alta movilidad poblacional o capacidad de interacción social, que por determinadas circunstancias, han inscripto su marca de modo permanente.

Tridígito: Los Colorados: confeccionado mediante técnica de abradido.

Tridígito: San Buenaventura, detalle.

 Serpenteante: San Buenaventura. Obsérvese la compatibilidad en la composición del motivo con la siguiente en Los Colorados.

 Serpenteante: Los Colorados. Motivo simple. 

 Serpenteantes: Los Colorados: Motivos con apéndice cefálico.

 
Serpenteante: San Buenaventura. A:bicéfalo; B: huella de pie.

Serpenteante: San Buenaventura. Detalle  con apéndice cefálico.

 Zoomorfo:Los Colorados.

Zoomorfo:San Buenaventura

En un informe desarrollado por el equipo del INAPL para el sitio Palancho, el análisis de los motivos rupestres grabados sobre areniscas sedimentarias habría permitido reconocer al menos 5 episodios de producción o grupos estilísticos diferentes. En base a esta información, se consensuó en asignar dentro del grupo 1 a aquellas imágenes ejecutadas mediante la técnica de picado regular discontinuo, en correspondencia directa con la coloración de la pátina que permitió estimar su antigüedad por presentar una tonalidad más oscura que el resto de las imágenes, semejante al soporte circundante, por lo que el motivo apenas se vuelve perceptible. A este grupo estilístico pertenecerían los motivos de rastros o huellas de humanos y animales, imágenes de zoomorfos, curvilíneas, espirales, etc., motivos que se repetirán en los episodios o grupos estilísticos subsiguientes, aunque las imágenes asignadas al grupo estilístico 1 serían las más fáciles de reconocer que el resto de la producción rupestre:

“Ambos rasgos (picado discontinuo y pátina oscura) permiten que estos grabados sean asignados fácilmente al primer grupo de ejecución de la localidad, característica que no se repite en los grupos subsiguientes ya que su agrupación ha sido más dificultosa (…) La asignación del grupo 1 se torna compleja por falta de trabajos comparativos. Parte del repertorio iconográfico de grupo 1 fue registrado en el Parque Nacional Talampaya (Schobinger 1966; Giordano y Gonaldi 1991 y Ferraro 2005) y región de los llanos (Cáceres Freyre 1956) en La Rioja y en el Parque Provincial Ischigualasto en San Juan”.

En lo que respecta a nuestro informe, tan solo algunos de los petrograbados ubicados en el paraje de San Buenaventura podrían ser asignados sin mayores inconvenientes al grupo estilístico 1 de Palancho. Las dificultades se presentan al momento de interpelar aquellos motivos que no poseen las características de ejecución propias del grupo estilístico 1, dado que su método de ejecución se efectuó mediante abradido. Así mismo, destacamos la ausencia de motivos mediante la técnica de inciso, presente en Los Colorados, asociada a grupos estilísticos más tardíos como Sanagasta/Angualasto. 


Consideraciones acerca de las huellas humanas:


Entre los motivos grabados, se destacan las huellas de pies humanos tanto de adultos como niños. En ambos sitios se combinan técnicas de picado y abradido. Sin embargo, las huellas ejecutadas mediante picado regular discontinuo presentan mayor semejanza de composición estilística que las efectuadas por abradido, destacándose en el sitio Los Colorados aquellas marcas de pies con seis dedos. En la piedra grabada de San Buenaventura se observan al menos dos grupos estilísticos diferentes que ejecutaron la composición de pies humanos, a modo de huellas, lo que supone varias consideraciones al respecto. El retrato de una huella puede representar el paso anónimo de un hombre, pero su repetición sistemática a lo largo de cientos de kilómetros en ambientes diferenciales lo convierte en un dispositivo de reproducción social. La decoración de una superficie lítica en un contexto paleoindio no puede representar un acto al azar. Se precisa de un uso recreativo del tiempo en detrimento de cualquier otra actividad que asegure la supervivencia del individuo. La inscripción de una huella remite a la idea de tránsito, pero también de identificación con la persona o el grupo que la grabó. Una marca distintiva, pero también un paradigma, dada la universalidad de motivos grabados representando huellas de pies humanos dentro de un amplio espectro del territorio argentino. El período formativo se caracteriza por la repentina aparición de incipientes sociedades  teocráticas que comenzaron a divulgar su ideología a través de la especialización en la producción cerámica. El período arcaico queda entonces relegado a un estadio primitivo signado por la precariedad de sus recursos tecnológicos, pero también por su alta movilidad y capacidad de adaptación frente a los diferentes ambientes, demostrando una estricta organización en la composición de las bandas de cazadores-recolectores basada en la depredación racional del ambiente. Por lo tanto, la piedra grabada de San Buenaventura constituye uno de los indicadores materiales que podrían sostener dicha hipótesis, aunque por el momento solo se trate de especulaciones. No queremos decir con esto que algunos de los motivos representados en Los Colorados pertenezcan a los mismos autores que confeccionaron la piedra de San Buenaventura. Creemos que nos encontramos frente a los rastros de un antiguo estrato epistemológico que antecedió la formación de sociedades teocráticas, cuya propagación a través de estas bandas a lo largo de miles de años, dejó sus marcas sobre extensas áreas dispersas dentro del territorio argentino.

Sitio Los Colorados: Hacia la izquierda, huella humana que combina abradido con picado regular discontinuo.

San Buenaventura: Huella humana en picado regular discontinuo.

 Los Colorados: Huella humana con seis dedos, efectuada íntegramente por abradido. La coloración de la pátina permite apreciar que su producción corresponde a un período tardío.

San Buenaventura: Detalle de pie humano mediante técnica de abradido.


Bibliografía:

ARTE RUPESTRE ENTRE LAS SIERRAS Y LOS LLANOS RIOJANOS: LOCALIDAD ARQUEOLÓGICA PALANCHO. María Pía Falchi, M. Mercedes Podestá, Diana S. Rolandi, Anahí Re y Marcelo A. Torres.Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano (INAPL). En “Comechingonia, Revista de Arqueología”, número 15, año 2011.

LOS COLORADOS (PROVINCIA DE LA RIOJA).  UN CASO DE PLANIFICACIÓN INTERPRETATIVA. María Pía Falchi, Marcelo A. Torres. En  "Camichingonia Virtual", año 2008.