lunes, 27 de marzo de 2017

Comparación de dos sitios con morteros rupestres en la provincia de Catamarca

La identificación de contextos arqueológicos indígenas en asociación con artefactos de molienda fijas, parece remontarse desde los tiempos precerámicos hasta la culminación de los procesos de agriculturización durante el prehispánico tardío. La presencia de morteros rupestres dentro del territorio argentino excede cualquier tipo de manifestación u horizonte cultural en particular, y dada esta circunstancia es preciso señalar que tanto su difusión como la utilización de dichos instrumentos no constituyen un hecho estático ni mucho menos propio de un período histórico en particular. Con esto queremos decir que donde hay morteros rupestres no necesariamente su presencia se adscribe a sociedades productoras de energía, y a su vez, la reutilización de dichos instrumentos durante los sucesivos procesos de reocupación con posterioridad a lo largo de milenios, pudieron asignarles funciones que primitivamente no eran las que motivaron su construcción. El hecho de aparecer en ambientes naturales diferenciales dentro de un amplio espectro de transición fitogeográfica entre el extremo peripuneño, los valles semiáridos del Centro oeste y el Noroeste argentino, las yungas del oriente y las últimas estribaciones de las Sierras Pampeanas, nos demuestra que los procesos de continuidad sobre ciertas prácticas y manifestaciones rupestres constituyen sin dudas un sustrato “ideológico”, que pareció tener vigencia a lo largo del paleolítico superior, dentro del ámbito meridional subandino.
Uno de los descubrimientos más importantes que ha permitido cronologizar de manera indirecta un contexto precerámico en correspondencia con morteros rupestres, ha sido llevado adelante por las investigaciones de Mariano Gambier(1) durante la década de 1970 en el Dto. Calingasta, hacia el extremo suroeste de la provincia de San Juan. El equipo de investigación logró aislar una cultura que denominó Los Morrillos datada entre el 5900 a 2000 a.C., de tecnología bifacial con especialización en la caza del guanaco, cuyos indicios fueron identificados entre los estratos de ocupación más profundos dentro de un conjunto de tres grutas. Con posterioridad a la ocupación de los Morrillos, sus restos materiales habrían sido sepultados por las sucesivas ocupaciones de otro horizonte cultural denominado Ansilta, que demostró poseer cierto grado de agriculturización tras hallarse rastros de cultígenos entre sus deposiciones. Una vez que se procedió a retirar el material sedimentario, que acumuló un espesor de 1,87 m para el caso de la Gruta N2, se identificó varios bloques de piedra procedentes del techo que se hallaban depositados directamente sobre la roca madre, donde se constató que dichos desprendimientos fueron realizados con anterioridad a cualquier indicio de ocupación humana. Sobre ellos se ejecutó la construcción de varias oquedades que Gambier denominó “piedras tacitas”. El hallazgo fue sorprendente, dado que los morteros se hallaban a unos escasos centímetros por encima de los restos Morrillos, mientras que los restos culturales Ansilta se depositaron sobre las oquedades, inutilizándolas para su posterior instrumentalización como herramientas de molienda. En palabras del autor:


“La altura de los sedimentos desde el piso al techo, alcanzó los 1,87 m, conteniendo los primeros 50 cm a la cultura agropecuaria Ansilta y los restantes 1,20 m a la cultura Morrillos, separadas por una capa de cenizas casi estériles en su parte superficial (…). El gran bloque de piedra de 1,30 m de altura que cerraba el recinto como pared oeste, tenía excavados en su superficie, que es plana, dos morteritos o piedras tacitas que se descubrieron al retirar los 50 cm de sedimentos que cubrían esas rocas, incluidas en el diagrama de la excavación como expansión norte de la cuadrícula C. Los sedimentos con restos agropecuarios ocupaban aún unos 4 cm por debajo del nivel de la piedra. Por debajo de estos, una capa de cenizas señalaba el límite con los sedimentos con restos Morrillos. Desde los 80 cm de profundidad los sedimentos de color gris claro estaban depositados hasta 12 cm antes de llegar al piso de roca (…). Por lo general los restos Morrillos se encuentran separados de los restos agropecuarios Ansilta por capas de cenizas de, por lo menos, 10 cm de espesor. La reiteración en todos los sitios microestratigrafiados de esta gruta de las capas de cenizas extendidas de manera mantiforme, permiten suponer quemas intencionales realizadas por los ocupantes inmediatamente posteriores antes de la nueva ocupación”.



Mariano Gambier: “La cultura de los Morrillos”


Si bien la presencia de morteros rupestres fijos constituyen para la arqueología elementos diagnósticos que los asocian directamente con el desarrollo de sociedades productoras de energía, basta constatar que en localidades arqueológicas como la provincia de Córdoba los procesos de agriculturización no desarrollaron estrategias de sustentabilidad en base a la producción de alimentos, sino que la economía de subsistencia continuó con los tradicionales modos de vida cazador-recolector(2), desarrollándose a partir del año 500 d.C. una insipiente actividad agrícola en base a la distribución de pequeñas chacras de cultivo extensivo, diseminadas en el fondo de los valles(3), y cuya complementariedad perduró hasta el contacto hispano-indígena. En 1925 Francisco de Aparicio menciona en un fascículo publicado por los Anales de la Sociedad Argentina de Estudios Geográficos sus impresiones con respecto a la enorme distribución de sitios en la serranía cordobesa con presencia de morteros rupestres, remarcando su excepcionalidad con respecto a otras localidades arqueológicas:


“Restos de esta clase abundan en toda la región montañosa de nuestro país, desde Mendoza y San Luís hasta la Puna de Atacama, y han sido señalados por nuestros autores, pero en el antiguo asiento de los comechingones encuéntranse en cantidad realmente extraordinaria, contándose por centenares en áreas de terreno relativamente poco extensas”.


Si bien la ciencia arqueológica puede recurrir a fuentes históricas u otras disciplinas como la etnografía para complementar datos que el registro arqueológico invisibiliza, ¿acaso es posible argüir conclusiones a partir de la prospección de estas oquedades (que se suponen destinadas a la molienda), mediante la comparación análoga en base a datos etnográficos como los relevados por Aparicio?:


“Los criollos de la provincia de Córdoba utilizan, aún hoy, buen golpe de estos morteros para su molienda, eligiendo por lo general la proximidad de uno de ellos antes de emplazar una nueva morada”.


Suponemos que la reutilización por parte de las poblaciones criollas de principios del siglo XX, en cierta medida, resignificaron los modos de uso prehispánico apropiándose del instrumental lítico desechado en el interior de la campaña. Por lo tanto, es muy probable que los modos de percepción de la población rural hayan identificado, por su significativa aproximación morfológica, a los instrumentos de molienda portátiles con las oquedades excavadas próximas a los cursos fluviales, distorsionado de algún modo su funcionalidad original. El  registro etnográfico no hace otra cosa que reproducir esa distorsión a partir del testimonio de sociedades campesinas, que en el transcurso de tres siglos, los procesos de mestización y migración interna de la población ha roto su vínculo ancestral con las poblaciones originarias prehispánicas de Córdoba. Si bien nuestra hipótesis no se trata más que de una especulación, consideramos nuestra reflexión como una posibilidad más de interpretación que nos lleva a reflexionar sobre la funcionalidad de estos instrumentos tan controversiales para el análisis arqueológico.  


Río Belén y Alto Ancasti, provincia de Catamarca




La ciudad de Belén es la cabecera del departamento homónimo, ubicada en los valles semiáridos occidentales de la provincia de Catamarca, cuyos sitios arqueológicos demuestran una continuidad de ocupación prehispánica de por lo menos tres milenios. Sin embargo, estudios recientes han revelado la presencia intermitente de poblaciones paleolíticas por el hallazgo de una punta de proyectil cola de pescado y otras lanceoladas recolectadas en superficie, corroborando el paso de bandas capturadoras de energía a lo largo del corredor valliserrano dentro de un espacio de transición con el borde puneño. El sitio Laguna Blanca marca un hito de interrogación con respecto a las relaciones de movilidad e intercambio entre poblaciones procedentes del occidente catamarqueño con el norte semiárido de Chile(4). Las condiciones climáticas que determinan el actual paisaje pudieron no ser las mismas hace unos 1000 años atrás, donde estudios relacionados a variables ambientales efectuados en el valle de El Bolsón (Dto. De Belén), corroboraron la presencia de temperaturas más cálidas y húmedas con anterioridad al 1275 DC(5). A partir de entonces se inicia un proceso de degradación en la capacidad de carga del medio ambiente, tras imperar condiciones climáticas de extrema aridez hasta alcanzar las características actuales. El sitio consta de dos aleros ubicados en el borde de una quebrada sobre la margen oriental del río Belén, alrededor de los 1255 m.s.n.m. [Imagen 1, 2, 3, 4, 5, 6 y 7]. La cuenca del río se precipita sobre un extenso bolsón y allí desaparece, por lo que las condiciones de aridez resultan extremas y desfavorables para el desarrollo de la vida. El escaso afluente es aprovechado mediante la contención de una represa que abastece de agua a la ciudad. Observando la imagen, es posible apreciar que el diámetro de extensión que separa ambas márgenes fluviales debió superar ampliamente en el pasado su actual caudal, por lo que las condiciones de humedad efectivamente fueron mucho más benignas que en la actualidad. Visto en perspectiva, el ambiente sobre el que se inscriben estos morteros difiere notablemente de otro sitio relevado dentro de la provincia de Catamarca, ubicado en la localidad de Anquincila. Se trata de una población asentada en las sierras de Ancasti, en el límite con la provincia de Santiago del Estero. Pertenece a los bosques subtropicales del flanco oriental subandino, caracterizada por su exuberante vegetación y alta concentración de humedad. Los morteros ubicados sobre el río Anquincila, a una altitud media de 1003 m.s.n.m., se disponen sobre afloramientos rocosos, y que a diferencia de los relevados en el río Belén, estos se encuentran a cielo abierto próximos al curso fluvial [Imagen 8, 9, 10, 11 y 12]. Su disposición y el entorno en el que se circunscriben tienen mayor similitud con los morteros de la provincia de Córdoba, pese a que el contexto Formativo en el que se desarrollaron las sociedades originarias del valle de Ambato y el Alto Ancasti adscriptas al horizonte Condorhuasi, Ciénaga-Alamito y posteriormente Aguada no aparece representado en el registro arqueológico de las sierras de Córdoba. Por lo que, a nuestro entender, estos morteros podrían pertenecer a un estrato cultural precerámico en correspondencia con poblaciones arcaicas que tuvieron un amplio margen de dispersión territorial, aunque no descartamos su reutilización con posterioridad en tiempos neolíticos.  
En base a todo lo descrito con anterioridad, cabe preguntarse: ¿qué circunstancias motivaron la aparición de los morteros rupestres, si es que ellos surgieron hacia los confines del paleolítico superior?; ¿qué motivó dicha difusión a lo largo del eje trasandino sobre ambas vertientes de la cordillera? Creemos que ellos surgen dentro de un contexto paleocazador, donde los procesos de diferenciación social no estaban del todo aun consensuados, o al menos no constituían barreras difíciles de franquear. Sin embargo, su presencia a lo largo del neolítico constituye la supervivencia de un estrato epistemológico que subyace y perdura pese a los cambios tecnológicos y la impronta cultural que determinará las distintas entidades socio-étnicas hasta la conquista española.



Imagen 1


Imagen 2


Imagen 3


Imagen 4


Imagen 5


Imagen 6


Imagen 7


Imagen 8


Imagen 9


Imagen 10


Imagen 11


Imagen 12

Bibliografía

1 Mariano Gambier: “La cultura de los Morrillos”, Instituto de Investigaciones arqueológicas y Museo, Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes Universidad Nacional de San Juan, año 1985.
2 Andrés Laguens y Mirta Bonnin: “Sociedades indígenas de las Sierras Centrales, arqueología de Córdoba y San Luis”. Universidad Nacional de Córdoba, año 2012.
3 Matías E. Medina y Sebastián Pastor: “Chacras dispersas. Una aproximación etnográfica y arqueológica al estudio de la agricultura prehispánica en la región serrana de Córdoba”; en Comechingonia revista de arqueología, año 2006.
4 Daniel D. Delfino: “Prospecciones en los 90: Nuevas evidencias para repensar la arqueología de Laguna Blanca (Depto. Belén, Catamarca)”. Revista de Ciencia y Técnica, Vol. 6, Num. 7, año 1999.
5 Ana Soledad Meléndez: “Ocupaciones humanas y paleoambiente en la cuenca inferior del río El Bolsón (Dpto. Belén, Catamarca). Una aproximación desde la geoarqueología”. Universidad Nacional de Catamarca, año 2015.





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