La identificación de contextos
arqueológicos indígenas en asociación con artefactos de molienda fijas, parece
remontarse desde los tiempos precerámicos hasta la culminación de los procesos
de agriculturización durante el prehispánico tardío. La presencia de morteros
rupestres dentro del territorio argentino excede cualquier tipo de
manifestación u horizonte cultural en particular, y dada esta circunstancia es
preciso señalar que tanto su difusión como la utilización de dichos
instrumentos no constituyen un hecho estático ni mucho menos propio de un
período histórico en particular. Con esto queremos decir que donde hay morteros
rupestres no necesariamente su presencia se adscribe a sociedades productoras
de energía, y a su vez, la reutilización de dichos instrumentos durante los
sucesivos procesos de reocupación con posterioridad a lo largo de milenios,
pudieron asignarles funciones que primitivamente no eran las que motivaron su
construcción. El hecho de aparecer en ambientes naturales diferenciales dentro
de un amplio espectro de transición fitogeográfica entre el extremo peripuneño,
los valles semiáridos del Centro oeste y el Noroeste argentino, las yungas del
oriente y las últimas estribaciones de las Sierras Pampeanas, nos demuestra que
los procesos de continuidad sobre ciertas prácticas y manifestaciones rupestres
constituyen sin dudas un sustrato “ideológico”, que pareció tener vigencia a lo
largo del paleolítico superior, dentro del ámbito meridional subandino.
Uno de los descubrimientos más
importantes que ha permitido cronologizar de manera indirecta un contexto
precerámico en correspondencia con morteros rupestres, ha sido llevado adelante
por las investigaciones de Mariano Gambier(1) durante la década de
1970 en el Dto. Calingasta, hacia el extremo suroeste de la provincia de San
Juan. El equipo de investigación logró aislar una cultura que denominó Los
Morrillos datada entre el 5900 a 2000 a.C., de tecnología bifacial con
especialización en la caza del guanaco, cuyos indicios fueron identificados entre
los estratos de ocupación más profundos dentro de un conjunto de tres grutas.
Con posterioridad a la ocupación de los Morrillos, sus restos materiales
habrían sido sepultados por las sucesivas ocupaciones de otro horizonte
cultural denominado Ansilta, que demostró poseer cierto grado de
agriculturización tras hallarse rastros de cultígenos entre sus deposiciones. Una
vez que se procedió a retirar el material sedimentario, que acumuló un espesor
de 1,87 m para el caso de la Gruta N2, se identificó varios bloques de piedra
procedentes del techo que se hallaban depositados directamente sobre la roca
madre, donde se constató que dichos desprendimientos fueron realizados con
anterioridad a cualquier indicio de ocupación humana. Sobre ellos se ejecutó la
construcción de varias oquedades que Gambier denominó “piedras tacitas”. El
hallazgo fue sorprendente, dado que los morteros se hallaban a unos escasos
centímetros por encima de los restos Morrillos, mientras que los restos
culturales Ansilta se depositaron sobre las oquedades, inutilizándolas para su
posterior instrumentalización como herramientas de molienda. En palabras del
autor:
“La altura de los
sedimentos desde el piso al techo, alcanzó los 1,87 m, conteniendo los primeros
50 cm a la cultura agropecuaria Ansilta y los restantes 1,20 m a la cultura
Morrillos, separadas por una capa de cenizas casi estériles en su parte
superficial (…). El gran bloque de piedra de 1,30 m de altura que cerraba el
recinto como pared oeste, tenía excavados en su superficie, que es plana, dos
morteritos o piedras tacitas que se descubrieron al retirar los 50 cm de
sedimentos que cubrían esas rocas, incluidas en el diagrama de la excavación
como expansión norte de la cuadrícula C. Los
sedimentos con restos agropecuarios ocupaban aún unos 4 cm por debajo del nivel
de la piedra. Por debajo de estos, una capa de cenizas señalaba el límite
con los sedimentos con restos Morrillos. Desde los 80 cm de profundidad los
sedimentos de color gris claro estaban depositados hasta 12 cm antes de llegar
al piso de roca (…). Por lo general los
restos Morrillos se encuentran separados de los restos agropecuarios Ansilta
por capas de cenizas de, por lo menos, 10 cm de espesor. La reiteración en
todos los sitios microestratigrafiados de esta gruta de las capas de cenizas
extendidas de manera mantiforme, permiten suponer quemas intencionales
realizadas por los ocupantes inmediatamente posteriores antes de la nueva
ocupación”.
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Mariano Gambier: “La cultura de los Morrillos” |
Si bien la presencia de morteros
rupestres fijos constituyen para la arqueología elementos diagnósticos que los
asocian directamente con el desarrollo de sociedades productoras de energía,
basta constatar que en localidades arqueológicas como la provincia de Córdoba
los procesos de agriculturización no desarrollaron estrategias de
sustentabilidad en base a la producción de alimentos, sino que la economía de
subsistencia continuó con los tradicionales modos de vida cazador-recolector(2),
desarrollándose a partir del año 500 d.C. una insipiente actividad agrícola en
base a la distribución de pequeñas chacras de cultivo extensivo, diseminadas en
el fondo de los valles(3), y cuya complementariedad perduró hasta el
contacto hispano-indígena. En 1925 Francisco de Aparicio menciona en un fascículo
publicado por los Anales de la Sociedad
Argentina de Estudios Geográficos sus impresiones con respecto a la enorme
distribución de sitios en la serranía cordobesa con presencia de morteros
rupestres, remarcando su excepcionalidad con respecto a otras localidades arqueológicas:
“Restos de esta clase abundan en toda la región montañosa de
nuestro país, desde Mendoza y San Luís hasta la Puna de Atacama, y han sido
señalados por nuestros autores, pero en el antiguo asiento de los
comechingones encuéntranse en cantidad realmente extraordinaria, contándose por
centenares en áreas de terreno relativamente poco extensas”.
Si bien la ciencia arqueológica puede recurrir a fuentes históricas u
otras disciplinas como la etnografía para complementar datos que el registro
arqueológico invisibiliza, ¿acaso es posible argüir conclusiones a partir de la
prospección de estas oquedades (que se suponen destinadas a la molienda), mediante
la comparación análoga en base a datos etnográficos como los relevados por
Aparicio?:
“Los criollos de la provincia de Córdoba utilizan, aún hoy,
buen golpe de estos morteros para su molienda, eligiendo por lo general la
proximidad de uno de ellos antes de emplazar una nueva morada”.
Suponemos que la reutilización por parte de las poblaciones criollas de
principios del siglo XX, en cierta medida, resignificaron los modos de uso
prehispánico apropiándose del instrumental lítico desechado en el interior de
la campaña. Por lo tanto, es muy probable que los modos de percepción de la
población rural hayan identificado, por su significativa aproximación
morfológica, a los instrumentos de molienda portátiles con las oquedades
excavadas próximas a los cursos fluviales, distorsionado de algún modo su
funcionalidad original. El registro
etnográfico no hace otra cosa que reproducir esa distorsión a partir del
testimonio de sociedades campesinas, que en el transcurso de tres siglos, los
procesos de mestización y migración interna de la población ha roto su vínculo
ancestral con las poblaciones originarias prehispánicas de Córdoba. Si bien
nuestra hipótesis no se trata más que de una especulación, consideramos nuestra
reflexión como una posibilidad más de interpretación que nos lleva a
reflexionar sobre la funcionalidad de estos instrumentos tan controversiales
para el análisis arqueológico.
Río Belén y Alto Ancasti, provincia de Catamarca
La ciudad de Belén es la cabecera del departamento homónimo, ubicada en los valles semiáridos occidentales de la provincia de Catamarca, cuyos sitios arqueológicos demuestran una continuidad de ocupación prehispánica de por lo menos tres milenios. Sin embargo, estudios recientes han revelado la presencia intermitente de poblaciones paleolíticas por el hallazgo de una punta de proyectil cola de pescado y otras lanceoladas recolectadas en superficie, corroborando el paso de bandas capturadoras de energía a lo largo del corredor valliserrano dentro de un espacio de transición con el borde puneño. El sitio Laguna Blanca marca un hito de interrogación con respecto a las relaciones de movilidad e intercambio entre poblaciones procedentes del occidente catamarqueño con el norte semiárido de Chile(4). Las condiciones climáticas que determinan el actual paisaje pudieron no ser las mismas hace unos 1000 años atrás, donde estudios relacionados a variables ambientales efectuados en el valle de El Bolsón (Dto. De Belén), corroboraron la presencia de temperaturas más cálidas y húmedas con anterioridad al 1275 DC(5). A partir de entonces se inicia un proceso de degradación en la capacidad de carga del medio ambiente, tras imperar condiciones climáticas de extrema aridez hasta alcanzar las características actuales. El sitio consta de dos aleros ubicados en el borde de una quebrada sobre la margen oriental del río Belén, alrededor de los 1255 m.s.n.m. [Imagen 1, 2, 3, 4, 5, 6 y 7]. La cuenca del río se precipita sobre un extenso bolsón y allí desaparece, por lo que las condiciones de aridez resultan extremas y desfavorables para el desarrollo de la vida. El escaso afluente es aprovechado mediante la contención de una represa que abastece de agua a la ciudad. Observando la imagen, es posible apreciar que el diámetro de extensión que separa ambas márgenes fluviales debió superar ampliamente en el pasado su actual caudal, por lo que las condiciones de humedad efectivamente fueron mucho más benignas que en la actualidad. Visto en perspectiva, el ambiente sobre el que se inscriben estos morteros difiere notablemente de otro sitio relevado dentro de la provincia de Catamarca, ubicado en la localidad de Anquincila. Se trata de una población asentada en las sierras de Ancasti, en el límite con la provincia de Santiago del Estero. Pertenece a los bosques subtropicales del flanco oriental subandino, caracterizada por su exuberante vegetación y alta concentración de humedad. Los morteros ubicados sobre el río Anquincila, a una altitud media de 1003 m.s.n.m., se disponen sobre afloramientos rocosos, y que a diferencia de los relevados en el río Belén, estos se encuentran a cielo abierto próximos al curso fluvial [Imagen 8, 9, 10, 11 y 12]. Su disposición y el entorno en el que se circunscriben tienen mayor similitud con los morteros de la provincia de Córdoba, pese a que el contexto Formativo en el que se desarrollaron las sociedades originarias del valle de Ambato y el Alto Ancasti adscriptas al horizonte Condorhuasi, Ciénaga-Alamito y posteriormente Aguada no aparece representado en el registro arqueológico de las sierras de Córdoba. Por lo que, a nuestro entender, estos morteros podrían pertenecer a un estrato cultural precerámico en correspondencia con poblaciones arcaicas que tuvieron un amplio margen de dispersión territorial, aunque no descartamos su reutilización con posterioridad en tiempos neolíticos.
En base a todo lo descrito con
anterioridad, cabe preguntarse: ¿qué circunstancias motivaron la aparición de
los morteros rupestres, si es que ellos surgieron hacia los confines del
paleolítico superior?; ¿qué motivó dicha difusión a lo largo del eje trasandino
sobre ambas vertientes de la cordillera? Creemos que ellos surgen dentro de un
contexto paleocazador, donde los procesos de diferenciación social no estaban
del todo aun consensuados, o al menos no constituían barreras difíciles de
franquear. Sin embargo, su presencia a lo largo del neolítico constituye la
supervivencia de un estrato epistemológico que subyace y perdura pese a los
cambios tecnológicos y la impronta cultural que determinará las distintas
entidades socio-étnicas hasta la conquista española.
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Imagen 12 |
Bibliografía
1 Mariano Gambier: “La
cultura de los Morrillos”, Instituto de Investigaciones arqueológicas y Museo,
Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes Universidad Nacional de San Juan, año
1985.
2 Andrés Laguens y
Mirta Bonnin: “Sociedades indígenas de las Sierras Centrales, arqueología de
Córdoba y San Luis”. Universidad Nacional de Córdoba, año 2012.
3 Matías E. Medina y
Sebastián Pastor: “Chacras dispersas. Una aproximación etnográfica y
arqueológica al estudio de la agricultura prehispánica en la región serrana de
Córdoba”; en Comechingonia
revista de arqueología, año 2006.
4 Daniel D. Delfino:
“Prospecciones en los 90: Nuevas evidencias para repensar la arqueología de
Laguna Blanca (Depto. Belén, Catamarca)”. Revista de Ciencia y Técnica, Vol. 6,
Num. 7, año 1999.
5 Ana Soledad
Meléndez: “Ocupaciones humanas y paleoambiente en la cuenca inferior del río El
Bolsón (Dpto. Belén, Catamarca). Una aproximación desde la geoarqueología”.
Universidad Nacional de Catamarca, año 2015.
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